En
el barrio de Celio Villalba Rodríguez hay que vivir por lo alto y de esto sí
que Juan Carlos Estarita estaba convencido, su morada ubicada en el cuarto piso
era la envidia de muchos sobre la cual solo se escuchaba entre rumores de
pasillos ¡si ese apartamento hablara!
Por
costumbre se asomaba por la ventana y mirando hacia abajo me hacía señas y
gritaba, ¡suba compadre suba, que le tengo un negocio! A lo que enseguida
contestaba - ¿compadre ya lo atendieron? Había que tenerle miedo a ese
muchacho, andaba en toalla cual gigolo presto a dar sus mejores servicios.
Perfumado como de costumbre, su apartamento bien arreglado y contentivo de la
expresión del buen vivir generaba una sensación de tranquilidad y confort que
enamoraban hasta la más esquiva doncella con sueños cual princesa de ser
desposada solo en matrimonio. Para muchas representaba la estabilidad, la
frescura, la empatía, la gozadora y en gran medida todo un buen profesional
docto y probo añorado por toda mujer.
Obviamente,
no siempre fue así. A sus 13 años ya
vivía solo con su hermana, su madre había fallecido de una penosa enfermedad y
su padre a quien el siempre admiraba vivía en unión con otra compañera. Por
aquel entonces lo conocí más profundamente, yo era parte de una religión de
esos que van de puerta en puerta ofreciendo estudios de la biblia y para mi
sorpresa no se opuso a las visitas, tenía interés en obtener respuestas del
porqué de su vida tan tormentosa, hacia tantas preguntas que la única respuesta
aportada era que Dios siempre estaban con él y su confianza era premiada a la
manera de Dios y no en la comprensión del hombre, por alguna razón desconocida
logre captar su atención y admiración. Hablamos del sol y de la luna, del alba
y del ocaso, pero no había mejor tema que el de su padre.
-
Juancho conocí a tu papa - me miró fijamente y replico: - ¿te está dando
clases? – si Juancho el hombre enseña filosofía del derecho. No quise ahondar mas en el tema para evitar
imprudencia, pero nuevamente inquirió ¿y qué tal? ¿Cómo lo ves? – sus ojos se llenaban de
brillo y sabía que las preguntas eran propias del hijo más que del amigo, no había
forma alguna de mentir, estaba en la obligación de darle una opinión certera sin saber si podría parecerle inapropiada,
entonces me di cuenta que no espabilaba;
-
Juancho el hombre es profesor de esos cuya cualidad no es desapercibida, con un
compromiso con el conocimiento y con don de palabra haciendo hincapié
permanente en el código deontológico y un dominio del tema que invita a la
atención, el hombre es un monstruo. -
Guarde
silencio esperando su reacción y trague saliva sin quitarle la mirada, porque
sabía de los amores y desamores entre él y su padre, y entonces me miro y
sonrió, y también lo hice, cual hijo plenamente orgulloso me preguntó ¿es un
monstruo? Así es, es muy bueno. Conteste.
Poco
o nada le importaba lo pasado, lo ocurrido solo lo impulsaba a seguir adelante,
a luchar por su hermoso hijo de quien orgullosamente como proa de navío era su
bandera y estandarte, lo vivido le servía de bastión para despejar caminos
venideros, tenía un pacto entre el estudio y la superación, entre la sutileza y
la cortesía, entre la sinceridad y el resultado, entre el amor y el perdón.
Cuando andas bendecido...sin resentimiento...ni odio...cuando no sientas eso....solo serás feliz...así como yo...del resto...inténtalo.... (Juan Carlos Estarita 31/08/2015)
